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Después del terremoto

Hilda Díaz Ph.D.
28 ago
2 min de lectura

Cuando ocurre un terremoto, la pérdida puede ser difícil de dimensionar. En pocos minutos, una casa puede dejar de existir tal como se conocía: se pierden objetos, recuerdos, espacios familiares y, muchas veces, la sensación de seguridad que daba aquello que durante años parecía inamovible.

Después llega la reconstrucción. Y solemos pensar en ella en términos de edificios, viviendas, infraestructura y bienes materiales. Todo eso es, por supuesto, necesario. Pero reconstruir una vida también implica algo más silencioso: volver a recuperar lo cotidiano.


Volver a preparar una comida, tener dónde guardar las cosas, sentarse a compartir, organizar nuevamente un espacio. Recuperar pequeñas rutinas que antes parecían insignificantes y que, después de haberlo perdido todo, adquieren otro significado.


Porque los objetos que nos rodean no son solamente cosas. Una mesa puede ser el lugar donde una familia se reúne. Una silla puede pertenecer a ese rincón desde el que alguien acostumbraba leer. Un utensilio puede estar asociado a una receta que se prepara desde hace años. Un espacio de almacenamiento puede parecer algo puramente funcional hasta que deja de existir y comprendemos cuánto facilitaba nuestra vida.


Lo cotidiano también sostiene nuestra sensación de hogar.

Por eso, reconstruir después de una catástrofe no consiste únicamente en reemplazar lo que se perdió. Poco a poco, significa volver a crear un entorno en el que la vida pueda desarrollarse nuevamente.


Quizás por eso los pequeños actos cotidianos tienen tanta importancia después de una pérdida. No solucionan lo ocurrido ni borran el dolor, pero pueden ayudar a recuperar cierta continuidad: hacer nuevamente aquello que forma parte de nuestra manera de vivir, volver a compartir, volver a cuidar un espacio, volver a sentir que ese espacio comienza a pertenecernos.


En Natesa creemos en el valor de esos espacios y de las cosas que los hacen posibles. No porque los objetos puedan reparar una pérdida, sino porque forman parte de la vida que ocurre alrededor de ellos.


Y cuando llega el momento de empezar de nuevo, cada pequeño gesto cotidiano puede ser también una forma de reconstruir. No se trata de recuperar exactamente lo que había. Se trata de volver a hacer habitable la vida.

 


 
 
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